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El perro de arriba y el perro de abajo de la terapia Gestalt

Estos dos conceptos de terapia gestalt describen roles neuróticos que dan pie a una dinámica que nos presiona y agota, mermando nuestra auto-estima y haciéndonos sentir culpables.

El “perro de arriba” y “el perro de abajo” son dos conceptos de terapia gestalt que describen roles neuróticos que suceden en nuestro interior. Ambos conceptos están relacionados como las dos caras de una moneda, dando pie a una dinámica circular que afecta nuestro bienestar.

Este curioso nombre se le habrá ocurrido a Fritz Perls, padre de la terapia Gestalt, tras haber presenciado una pelea canina, digo yo. Ahora lo entenderás. Imagina a unos perros que se están peleando, como los de la imagen. Imagina que el que acaba ganando se pone encima del otro, el cual queda tumbado con la espalda en el suelo, totalmente dominado. El perro que domina sería el perro de arriba, mientras que el dominado e indefenso, sería el de abajo.

 

El perro de arriba

Representa a la parte de nosotros que quiere dominar a otra parte que considera imperfecta, vaga o inferior. El perro de arriba se basa en una idealización que tenemos de una parte de nosotros mismos; se basa en un sentido de superioridad que le permite exigir «algo» a la otra parte.

Por poner algunos ejemplos, nuestro perro de arriba nos exige que no pidamos ayuda a los demás por juzgarlo un acto de debilidad; nos regaña por estar en el sofá en lugar del gimnasio; nos juzga por seguir viviendo con nuestros padres en vez de estar emancipados; o nos regaña por lo que no hemos logrado aún en la vida, que según esa parte «exigente», ya tendríamos que haber conseguido.

El top dog, como se llama en inglés, presiona, exige y actúa como un mandón. Su grito asfixiante es el de «haz», “tienes que…” o «deberías…», palabras que usa con dureza, con cierta violencia, en el diálogo mental interior. No sabe darnos una palmada en la espalda, ni siquiera cuando cumplimos sus objetivos.

Y ahí radica su neurosis, en que siempre exige de una forma desmedida o inoportuna. No para de dar órdenes. Gracias a nuestro perro de arriba nos podemos llegar a maltratar, como un déspota maltrata a sus subordinados que tacha de ineficientes.

Es obvio que la auto-exigencia no es en sí misma ni buena, ni mala. Bien encaminada puede sernos útil. Nos puede ayudar a ser mejores personas, pero la exigencia desmedida solo nos añade presión, nos desequilibra y, llevada al extremo, nos daña por dentro. Cuando esto llega a suceder, entra en escena el polo opuesto, dispuesto a boicotear la exigencia.

 

El perro de abajo

Si nuestro perro de arriba es el que exige, el perro de debajo (llamado el under dog) es todo lo contrario. Es la parte de nosotros que se hace la incapaz, la débil, que se auto-boicotea diciendo “pobre de mi, quiero pero no puedo”.

El under dog lo que NO quiere es reconocer su poder personal. Se da por vencido sin llegar a esforzarse al máximo y se cree víctima de las circunstancias. Esas son sus palabras clave.

Esta parte de nosotros se siente de alguna forma dominada, vencida -ya sea por algo externo o interno-, pero no pone en marcha sus recursos para solucionar esa situación. El grito que expresa el perro de abajo es un «no puedo» en medio de llantos y actuaciones teatreras, aunque lo que en verdad dice es «no quiero».

Por poner algunos ejemplos; nos boicoteamos a nosotros mismos con el perro de abajo cuando efectivamente nos dejamos atrapar por el sofá; cuando pasan los años y seguimos viviendo en casa de los padres aunque nos quejamos amargamente de ello. También lo podemos ver en acción cuando, siendo estudiantes, no nos dedicamos a estudiar lo suficiente pero luego culpamos a los profesores de nuestros malos resultados.

Para que no haya confusión, he de decir que no pasa nada si un día dejamos que nos “atrape el sofá”. Ese no es el problema, el problema es cuando esta dinámica es constante, cuando nos pasamos la vida dominados por la pereza, las excusas o el victimismo. Hasta que nuestro perro de arriba comienza a ladrar con fuerza creando una lucha.

 

La lucha interior constante

Cuando en nuestro interior hay una lucha entre estos dos aspectos, uno que exige y otro que boicotea, se engendra un conflicto neurótico. De alguna forma, uno se convierte al mismo tiempo en opresor y en oprimido, lo cual nos lleva a vivir llenos de reproches, culpabilidad y en medio de un barullo mental agotador.

La lucha se mantiene mientras que ambas partes operen en piloto automático. El daño continúa mientras que uno no reconozca lo absurdo que es hacerle caso ciego a los gritos neuróticos de ambos perros. Pero no por eso hay que descartarlos totalmente. A veces está bien hacerle caso al perro de arriba y permitir que la exigencia personal nos empuje a ser mejores, pero desde una exigencia amorosa y realista. En otras ocasiones en cambio, es bueno hacerle caso al perro de abajo, pues nos permite desconectar del esfuerzo constante, no ser tan perfeccionistas, o no dar lo máximo de nosotros en situaciones que no lo merecen.

En la terapia Gestalt, sanar un desequilibrio entre estos dos roles no significa hacer que uno gane por encima del otro, sino reconocer, la dinámica de desequilibrio que cada parte nos genera en la actualidad. El siguiente paso es encontrar la forma en que ambos polos dejen de intentar imponerse uno al otro, para el beneficio y tranquilidad real del individuo.

 

Las relaciones interpersonales

Si bien Fritz Perls describe la dinámica como un proceso que sucede en nuestro interior, esta dinámica también puede verse reflejada en relaciones interpersonales cuando una persona adopta la postura del perro dominante y otra del dominado.

El perro de arriba sería como ese jefe sin empatía que no deja respirar a los demás, que, exigiendo continuamente, confunde autoridad con autoritarismo. El perro de abajo en cambio sería el trabajador que se escabulle de sus responsabilidades, que posterga y que no se esfuerza en actuar bien. El trabajador se puede quejar de la forma de ser de su jefe, en el cual centra su atención para poder culparlo de ser demasiado exigente, y no ver así, el juego de víctima que él mismo juega para boicotear toda exigencia.

Otro ejemplo más familiar sería el de unos hermanos. Imagina a uno mayor que manda y le dice qué hacer a su hermano pequeño a pesar de ya ser adulto. ¿Lo ves? El grande juega a ser superior,  el pequeño a ser inferior. El benjamín se puede quejar que aún le siga dando ordenes su hermano, pero de alguna forma lo permite mientras dice «pobre de mi».

 

¿Qué rol juegas tú?

Fritz Perls describía esta dinámica como un juego al que todos jugamos al menos en algunas ocasiones. Seguramente te será fácil reconocer a personas a tu alrededor que actúan como el opresor o el oprimido, pero lo más interesante es que reconozcas la relación que tú mantienes con estos dos roles. Así que déjame preguntar, ¿te identificas con estos roles?

Como tantas dinámicas interiores, el perro de arriba y abajo operan por inercia aprendida, condicionando inconscientemente nuestros pensamientos y acciones. Si no estamos atentos podemos caer en su juego y conflicto durante años. Solo la supervisión terapéutica –o en su ausencia, una muy buena dosis de auto-observación e imparcialidad- puede ayudarnos a desenmascarar su funcionamiento para dejar atrás el conflicto infantil.

Si te interesa conocer más de la terapia gestalt, aquí tienes más información.

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