La Falsa Identidad Ante la Crisis

/ / Desarrollo Personal, Gestalt
La crisis ha puesto de manifiesto cómo una falsa percepción de identidad se derrumba generando una crisis de identidad, cuando cambia dramáticamente la vida de una persona sobre-identificada con la profesión que realiza y con las posesiones que tiene.

La crisis ha demostrado ser un doloroso y duro maestro que confronta errores en los cuales hemos caído colectivamente. Vivir por encima de las posibilidades, pensar el crecimiento económico como algo eterno, abandonar la cultura del ahorro, son, entre otros, errores que ahora parecen evidentes y que se mencionan repetidamente. En este artículo queremos ir más allá y ahondar en algo más profundo que la crisis ha puesto de manifiesto: la respuesta a la pregunta ¿quién soy?

Para explicarlo mejor usemos un símil: la ropa nos viste y nos hace vernos de una cierta manera, pero nadie en su sano juicio piensa que es su ropa; sabemos que ésta se cambia a diario y que su tiempo de vida en nuestro armario tendrá fecha de caducidad. Si alguien vistiera siempre exactamente igual y acabase sobre-identificado con dicha vestimenta, se resistiría a cambiarla y le sería un gran impacto el verse desprovisto de ella por la fuerza.

Tras confundir la vida con las circunstancias en las cuales la vida se desarrolla, alguien sobre-identificado (con lo que sea) se mantiene satisfecho mientras que no haya cambios, pero cuando los hay, es decir cuando queda desprovisto de aquello que formaba su sentido de “yo”, empiezan los problemas.

En pocos años la identidad extraída del trabajo realizado, que aparentaba tanta solidez, ha desaparecido para todas las personas forzadas a reinventarse profesionalmente una vez despedidas de sus trabajos. De la mano de esto, otras muchas personas han visto desaparecer su estatus económico, los objetos, las comodidades y el ritmo de vida que hasta hace poco parecían instaurados de forma definitiva en su vida. Sin duda alguna, ver todo esto caer como un castillo de arena es de por sí un duro golpe, que se vuelve mucho más traumático y desconcertante cuando se ha extraído un falso pilar de identidad y seguridad (un ego) de todas estas circunstancias externas y sujetas a cambios.

Entre más fuerte es la identificación del ego, más grande es la desorientación y la angustia que invade al verlo desaparecer. Es, literalmente, una crisis de identidad personal generada por el derrumbe de lo externo que llega a afectar el estado del ánimo y la confianza. Y como en cualquier duelo donde se pierde algo (en este caso la “seguridad” de lo que uno creía que es) algunas de las etapas que se experimentan y que actualmente vemos alrededor son; la negación (“no, a mi esto no me puede estar pasando”), el enfado (con el jefe, los banqueros, los políticos o el mundo entero) o la impotencia (sensación de incapacidad de hacer algo para crear una solución).

Una vez pasada esta primera fase del duelo es cuando se puede volver a reconocer la diferencia entre la VIDA y sus circunstancias, pues se experimenta la continuidad de ésta bajo cualquier situación: uno sigue siendo uno, tal vez sin trabajo, sin dinero y sin seguridad, pero sigue siendo. Se abre entonces un momento propicio para la reflexión y el cambio personal, donde adquiere más importancia el auto-apoyo, es decir, la capacidad del individuo de extraer de sí mismo el equilibrio, la fuerza y la autoestima con las cuales manejarse en la vida, en vez de seguir buscándolas afuera. También en este rencuentro con nuestra inseparable VIDA, volvemos a apreciar los pequeños placeres, las comodidades que antes disfrutábamos sin admirar, el valor de la solidaridad, de los valores y de la amistad.

El desarrollo personal, la meditación y la comprensión son formas magníficas de fortalecer ese auto-apoyo, pues le permiten a uno conectarse más profundamente con su interior, con la fuente de conciencia, vida y paz incondicional que todos llevamos dentro. Cuando se va reconociendo su existencia y su fluir, se puede enfrentar con mayor acierto las circunstancias adversas, pues si bien aún nos pueden conmocionar, se sabe por experiencia directa que lo más valioso, el auto-apoyo, está dentro cada uno, inalterable por los vaivenes externos.

No vale la pena lamentarse por los cambios que se han dado en las condiciones de vida. Mejor es caminar hacia las etapas finales del duelo: la aceptación de la realidad (por dolorosa que sea); y la resolución o determinación de salir adelante, ¡eso sí! no como la misma persona que hipoteca su identidad y seguridad en lo externo, sino como una persona que cada vez mira más hacia adentro en búsqueda del auto-apoyo que le proporcionará una solidez más auténtica.

FIN

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